
-¡Otra, copa tabernero!
Y el tabernero, preocupado, respondió:
-Y ya van siete, mi buen señor.
Volvió a servir la copa, otro trago más de alcohol, que minaba la compostura del invidente en su rincón. El humo dibujaba castillos en el aire y la luz de un flexo iluminaba aquel vapor.
-!Otra copa tabernero!
-Y ya van ocho, mi buen señor.
Fuego en la laringe y angustia en sus entrañas, tristezas sofocadas en aquellos lingotazos, mezclados con lágrimas caídas de sus ojos muertos y vacíos y blanquecinos y dolidos...
-!Otra copa tabernero!
-Y ya van nueve, mi buen señor.
Pronto el ciego empezó a tambalearse, con pasos vacilantes avanzó con torpeza hasta abrir la puerta, cayó de rodillas y en la calle nocturna exclamó:
-¡Otra copa tabernero!
Y en el asfalto negro de la metrópolis ya para siempre yació.
Triste destino el del ciego que se puso ciego. Me ha gustado la recreación del bar y ese tabernero tan cínico.
ResponderEliminarJ.E. Álamo
Buen relato, nos gusta.Fdo:Ricardo.G.
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